lunes, abril 30, 2012

Instrucciones para correr un maratón* en 12 minutos 15 segundos


*O 10K,  o un medio maratón, o cualquier otra distancia.

1) Vaya al siguiente link: The Punch Brothers
2) Dele play a la canción, escúchela con mucho cuidado.
3) Imagínese que corre, y que la canción le indica como se siente y el ritmo que lleva.
4) Cruce la meta con la última nota.
5) No olvide estirar e hidratarse.


Correr es una actividad fundamentalmente introspectiva.  No puedo hablar por otras personas, pero puedo asegurar es mi caso. Efectivamente, corro por ejercitarme, aunque a estas alturas correr se ha convertido en una actividad que va mucho más allá de un simple acondicionamiento físico.

El entrenamiento para un maratón (o cualquier distancia larga en verdad) tiene  que ver con fortalecer las piernas y preparar la espalda para el continuo desgaste de la carrera, enseñarle al cuerpo a usar las reservas de energía y que el corazón aguante el ritmo. Pero ésta cuestión física es solo parte del entrenamiento, y es que las distancias largas son complicadas también mentalmente.

Tiene uno que aprender a aguantarse a sí mismo cansado, harto, posiblemente con algún dolor, y convencerse de seguir con la tortura todos los kilómetros que faltan. Mueve una pierna frente a la otra, respira, levanta la espalda y jala con los brazos, solo un kilometro más, jala, llegamos al siguiente kilometro y negociamos, no, ya sé que no nos vamos a parar pero podríamos bajar el ritmo, tal vez, primero lleguemos  a la mitad de la carrera, respira, mueve las piernas, no pienses en cuanto falta, dale, sigue a ese grupo que trae buen paso, no te caigas, levanta la espalda, mueve las piernas, respira, ya sé que duele, ya sabes, la canción de la temporada, “Try, try, try”, jala, cada vez falta menos.

Cada quien tiene su propia forma de mantener la cabeza ocupada durante las distancias largas, hay quien repite un mantra y otros escuchan música –esto hay que hacerlo con cuidado porque mantener el paso, respirar decentemente y no dejar que la técnica completa se descomponga depende de mantenerse concentrado- en mi caso, quizás inevitablemente, me da por hacer cuentas mientras corro. Me explico. Calculo el tiempo que me falta para llegar a la meta o a algún objetivo intermedio dada la velocidad que llevo, calculo cuánto tendría que aumentar mi velocidad para acabar uno, dos o cinco minutos más rápido, y también cuanto espacio tengo si no puedo mantener el paso y aun así quiero terminar debajo de un tiempo dado. A veces me aburro y las cuentas las hago en millas por hora, o intento convertir mis unidades a pasos por minuto –la longitud de mis pasos es una función de la velocidad, en general me toma entre ciento cinco y ciento veinticinco pasos correr doscientos metros, esto plantea una serie de problemas interesantes sobre el número de pasos que di o daré en la carrera de terminar en un tiempo dado, estos problemas (como la vida) no admiten una respuesta única.

No deja de parecerme entonces un tanto curioso que a pesar de la disciplina mental que exige –¿o será precisamente por eso?- me da por ir a correr como quien va al psicoanalista, agarrado a la realidad con la suela de los tenis. Ordeno mis penas kilometro a kilometro y le cuento mis problemas a la pista, quien me recomienda no dejar de mover las piernas hasta que no hayan quedado atrás. Si me siento perdido no es raro que la ruta se convierta en el camino, y como en toda buena terapia, hay veces que la sesión es tan intensa que termina uno desbordado de emociones.  Después viene la paz interior y uno es humano de nuevo, la intensidad de las emociones disminuye y dejan atrás un resplandor cálido y una sonrisa. Con un poco de suerte además esta noche dormiré bien. En todo caso, secretamente siento que he logrado mantener la cordura, un día más sin perder la razón.




lunes, abril 02, 2012

Haiku

Las estrellas
me guían en la noche
tus mil lunares.

A la Sombra del Abuelo III


Por alguna extraña razón –tengo una teoría, pero no me quiero poner filosófico- en casa conservamos todos los efectos personales que alguna vez pertenecieron al abuelo, o con los cuales tuvo contacto, o que están    de alguna manera relacionados con él (por supuesto, me refiero a todos los efectos personales que alguna vez le pertenecieron, con los cuales tuvo contacto o estuvieron de alguna manera relacionados con él a los que además logramos echarles el guante, mucho fue el material perdido a lo largo de los años).

Tenemos los diarios de los años 45 al 52 y un manual de procedimientos para la fábrica de pólvora que el abuelo escribió cuando regresó a México. Varias copias de la revista interna de los laboratorios de la General Electric, con artículos del abuelo y un radio de tanque M4 Sherman  de la segunda guerra mundial que mi hermano quiere convertir en la carcaza retro de un estéreo moderno. Tenemos los brazos, los planos y copias de la patente de la balanza de alta precisión para cargas grandes diseñada por el abuelo, que podía registrar el cambio en el peso debido a la pérdida de agua en la respiración de un gatito dormido  -mi padre aún alberga la esperanza de que mi hermano o yo corrijamos el rumbo y nos dediquemos a la física, y entonces reconstruyamos los aparatos del abuelo que llevan medio siglo esperando funcionar de nuevo.

Hemos encontrado (y guardado escrupulosamente) la factura de la ferretería por cien gramos de clavos de dos pulgadas comprados en 1960 y copias de la nómina pagada por el abuelo al pequeño ejército de personal que le auxiliaba en la casa y el taller. Los manuales de una soldadora comprada a Casa Boker en 1948 (no sabemos qué le pasó a la soldadora) y los recibos del abuelo del tiempo que pasó en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas.

En el mismo cuarto tenemos una parte de la biblioteca del abuelo. Libros de medición, física cuántica, métodos de francés y diccionarios de náhuatl y maya. Una Enciclopedia Británica, el Resnik de cuando aún cabía en un tomo en pasta dura y una parte sustancial de la colección del Shaum’s publicada hacia finales de los sesentas (mecánica, termodinámica, cálculo integral, relatividad, metrología, dinámica de fluidos y hasta mecánica automotriz). Libros de pintura, biografías de Leonardo y manuales de medicina, veinticinco tomos de la colección francesa Que sais-je? y una colección de libros de historia que nos envidiaría cualquier estudiante del Colmex -¿he mencionado que el abuelo era un tipo con intereses diversos?.

Perdido en las cajas hay un pedazo de pechblenda -que para mayor referencia es uno de los minerales de los que se extrae el uranio-  al que nos referimos como la piedra radioactiva –lo mas fácil para encontrarlo es buscar en una noche sin luna con la luz apagada, la piedra está dentro de la caja que brilla- la presencia de esta piedra en casa es la base de varias teorías que explican el extraño comportamiento de los miembros de la familia. Junto con la piedra tenemos los planos de un contenedor de material radioactivo que el abuelo diseñó para la primera unidad de medicina nuclear en México y las radiografías hechas de la estructura para comprobar que las uniones en la jaula de plomo no tenían espacios que pudiesen permitir fugas de radiación.

En las cajas de junto hay partes de un generador de Van de Graaff enorme, capaz de generar chispas de cinco metros de longitud  y suficiente voltaje para desatar una tormenta eléctrica. Las minutas del  Proyecto Chapultepec, un experimento diseñado por el abuelo para detectar gravitones -las partículas que de acuerdo a la teoría de campos cuánticos transmiten la interacción gravitatoria y el borrador de una carta que el abuelo envió a Excélsior con motivo de algún editorial que no hemos logrado encontrar.

 Montadas en las repisas hay unas cuantas esculturas del abuelo –cuenta la leyenda que fue precisamente mientras esculpía algo en una playa en Upstate New York que el abuelo conquistó a la abuela. De la sala cuelga un oleo con el hombre viejo del Old Parr que Don José pintó–en algún momento de mi niñez pensé que se trataba de un antepasado ilustre de la familia- y la foto donde se ve al abuelo con la abuela en una trajinera en Xochimilco, los nombres de la barca aun hechos con flores, los canales vacíos, el abuelo de riguroso traje y corbata, pañuelo en el bolsillo, y la abuela elegantísima con una blusa mexicana.

Guardadas en un cajón hay copias de la lista de canciones reproducidas en los programas que transmitió el abuelo desde el colegio Civil de Monterrey cuando a los veinte años junto con un par de amigos montó una de las primeras estaciones de radio de la ciudad, la carta con la que el gobierno de los Estados Unidos lo convoca para ir a la guerra y sus libretas llenas de crípticas anotaciones –en el sentido literal de la palabra, cuando el abuelo escribía algo que quería mantener en secreto tenía su propio código, como  Leonardo, y al igual que con el código de Leonardo, el sistema del abuelo es uno de sustitución simple que no impediría a alguien determinado a leer sus notas hacerlo, pero que resulta suficiente para mantener a los chismosos a raya.

Haciendo el inventario creo que vale la pena perder una nota de la tintorería al fondo del closet y olvidar una carta en algún cajón. Hacerle anotaciones a un libro durante un viaje y al regresarlo al librero dejar una postal como separador de páginas, guardar alguna nota del super y el portavasos de un restaurant. Es extraordinario, pero nuestras rutinas, los objetos cotidianos y todas aquellas cosas que descartamos pueden algún día ser el tesoro y los recuerdos de alguien más.



lunes, febrero 27, 2012

Jacarandas


Mis pasos en esta calle
     resuenan
      en otra calle
     donde
      oigo mis pasos
     pasar en esta calle
     donde

Sólo es real la niebla

Aquí, Octavio Paz

Regresas y crees que el sentimiento de pérdida y lejanía desaparecerá con la vuelta. Que ahora que estás en casa, donde la gente habla y se ve como tú, la sensación de distancia quedará atrás y las cosas volverán a ser como antes, crees que quedaron atrás los años lejos y los días de ausencias. Pero la verdad es que aún si las cosas fuesen como antes –y no lo son- el sentimiento sería el mismo, ya no extrañarás las gloriosas mañanas de invierno en el trópico, pero recordarás las interminables tardes de verano en una terraza junto al río. Vuelve la gente, los colores, la música y la comida, pero se quedan atrás los amigos, los periódicos del domingo, el café en el que escribiste la tesis y el departamento en Bath Street desde el que alimentabas a los patos.  

Tampoco sabes si la inquietud que sientes es por lo que dejaste allá, lejos, o porque intuyes que no estás de vuelta sino de visita, porque regresas solamente para recordar y poder extrañar todo esto de nuevo una vez que te vayas. Porque cuando te vayas de nuevo y regresen los días de ausencias, no sólo extrañarás lo que ahora tienes y antes te hacía falta, extrañarás también todas las cosas que han quedado atrás con tu regreso. 

 Lo hablas con los pocos amigos que tienes que también han regresado –que no se han ido de nuevo aún- y el sentimiento es el mismo. Todos intentan comprar la menor cantidad posible de cosas –tus libros siguen empacados en las cajas en que llegaron -  y evitan comprar  muebles, todos lo piensan dos veces antes de firmar cualquier contrato, comportamiento al que te refieres como el síndrome del nómada, y que has llevado al extremo, al grado que te impide contratar cable o internet. No sabes si cambiar el viejo estéreo, comprar libreros y un escritorio, o esperar sólo un poco más en caso de tener que empacar de nuevo. Después de tantas mudanzas sabes que si no cabe en un par de maletas no es necesario.

Recuerdas –porque en tu familia lo han sabido cien generaciones, hijo de eternos migrantes- que no puedes atesorar nada que no puedas llevar contigo, así que en vez de vivir en el aquí y el ahora como la gente normal, vives hacia adentro, en la cabeza y el corazón.  Sabes que las distancias no se miden en kilómetros, sino en husos horarios, días, lejanías, años y ausencias, y has aprendido que si tienes suerte encontrarás tu hogar en los brazos de alguien a quien no dejarás ir –I have seen, my home town, in your eyes-.

No sabes si regresarán los agridulces domingos desterrados del infinito o cuándo tendrás que extrañar de nuevo el olor a tierra mojada, pero te consuela saber –eso sí, al menos- que ésta primavera no será de cerezos, sino de jacarandas.

lunes, febrero 06, 2012

Del diario de Joe Malpica


Debí haber sido paciente con el suegro. Entre más lo pienso, más me intriga la idea de calcular la probabilidad de un evento social. Finalmente, aún si no puedo encontrar un marco teórico para tratarlo cuantitativamente, el concepto tiene mérito en términos cualitativos. Yo mismo regresé a México por un cálculo de esta naturaleza. No me gustó la probabilidad de sobrevivir en las trincheras.

jueves, enero 26, 2012

A la Sombra del Abuelo II


Sentado en la sala de espera el Reverendo Edward Diamond se preguntaría por  la probabilidad de volver a ver a su hija y a sus nietos.

Se preguntaría por la probabilidad de volver a su hija y a sus nietos porque la ciudad de México quedaba muy lejos de su casa en Schenectady y los años le empezaban a pesar. Porque si en los últimos quince años ésta era la primera vez que los astros se alineaban para poder venir a visitar a su hija -probablemente el reverendo pensara en la voluntad de Dios y no en la alineación de los astros, pero eso es pura especulación-  el reverendo no estaba seguro de poder viajar de nuevo en quince años más.

El reverendo se preguntó por la probabilidad de volver a ver a su hija y no pudo evitar sonreír. Unos días antes le había preguntado a su yerno si él, el experto en aparatos de medición científica, podría calcular la probabilidad de que ocurriesen todos los eventos que llevaron a que un niño nacido en Shropshire, Kent en 1878, se despidiese de su hija y sus nietos en la Ciudad de México en 1958, y la respuesta que había obtenido de su yerno había sido de una complejidad alarmante, de la cual sólo le quedó claro que a su yerno le molestaba hablar de la probabilidad de un evento social por algo que tenía que ver con un apostador que  tira monedas –después de escuchar a su yerno por una hora larga  argumentar porqué la probabilidad de un fenómeno social es un concepto equivocado, al reverendo le surgieron más dudas, incluida la de si su yerno era un apostador empedernido por la intensidad con la que hablaba de apostar al resultado de un volado o de sacar una carta de un mazo-. Parece que el yerno estaba en contra de experimentar con personas como si fuesen monedas –pero no de apostar al resultado- o algo por el estilo, y por tanto no estaba dispuesto a discutir la probabilidad de que los eventos en la vida del reverendo hubiesen ocurrido de esa manera y no otra.

Sentado en la sala de espera, el reverendo pensaría –muy a pesar de la opinión del yerno- en lo fabulosamente remoto que era cada uno de los eventos en su existencia –y como en un dominó, lo remoto de los eventos en la existencia de su hija, su yerno y sus nietos, a quienes no sabía si volvería a ver-.  Haber vivido en  Keewatin y Kenora en vez de Dehli y Calcuta, nacer en el corazón del imperio en pleno apogeo del reinado  de su majestad  la Reina Victoria y morir –de eso no tenía certeza, pero le parecía que las probabilidades eran altas, a pesar de las reservas de su yerno- en Nueva York cuando éste se había convertido en el centro nervioso de la nueva superpotencia.

Igual de remoto le parecía sobrevivir –y como súbdito de la corona no pelear- dos guerras mundiales como haber perdido a un sobrino después de firmado el armisticio, desactivando una bomba de la Luftwaffe que había caído en Green Park y decidió explotar precisamente en el momento en que el pobre James Diamond la desactivaba –¿cual es la probabilidad de que una bomba que se negó a explotar después de caer de cientos de metros de altura decida explotar precisamente cuando uno intenta desactivarla?-, la probabilidad de volver a ver al pobre James era cero, a menos que se encontrasen en la otra vida y ahí lograsen reconocerse, pero si el hablar de la probabilidad de encontrarse a alguien en esta vida había lanzado a su yerno en un arrebato de cólera, el reverendo prefería no tocar el tema de encontrárselo en cualquier otra.

El reverendo se preguntaba por la probabilidad de volver a ver a su hija y no pudo evitar pensar en la probabilidad de volver a ver los lugares de una vida que hace muchos años se había quedado atrás. Oír  de nuevo las campanas de su Mary-in-Hill, y ver el altar diseñado por el mismo Wren. Volver a caminar por las colinas de Gales donde conoció a su mujer o sentarse a escuchar el rumor del Támesis.  Dar un paseo por Regent's Park o salir a Windsor de fin de semana. Cazar venados a las afueras de Kenora y salir a patinar en los inmensos lagos congelados del invierno canadiense. 


Ahí, sentado en la sala de espera en la ciudad de Mexico, el reverendo se daría cuenta de la vejez no es preguntarse por las probabilidades de volver a los lugares de la niñez o ver de nuevo a su hija y sus nietos. El reverendo se daría cuenta de que la vejez es conocer la probabilidad de estos eventos. Exactamente cero.


sábado, enero 21, 2012

Oaxaca


I

Cuando papá nos dijo que se retiraba del negocio del mezcal mi hermano y yo decidimos regresar para seguir con la tradición.  De toda la vida el hizo mezcal y lo vendía al mayoreo para que lo embotellaran. Nosotros queremos nuestra propia marca de mezcal, artesanal, como papá nos enseñó. Su fábrica estaba acá arriba, en el pueblo. Ahora él ya se retiró, pero me ayuda cuidando mis magueyales y a veces viene y  me echa la mano con el mezcal. Tenemos unos magueyes acá atrás y otros por allá, pasando el pueblo en un terrenito.

Yo estuve dieciséis años en Estados Unidos y mi hermano sigue allá, me regresé apenas cuando papá nos dijo que se retiraba. Yo hago el mezcal y mis hermanas lo embotellan en el pueblo. Mi hermano está sacando los permisos para vender en Estados Unidos. Ya venden este mezcal en algunos lugares en la colonia Roma en Mexico, una copita cuesta ochenta pesos.  Cuando terminemos la construcción le voy a poner corazones en las paredes y las columnas. Además quiero colgar un corazonzote en el techo. Estamos pensando también en poner un restoran, porque en Matatlán no hay restoranes buenos, hay lugares de quesadillas y de tacos y así, pero no hay ningún restorán, y queremos abrir uno donde se pueda comer de la comida tradicional del pueblo.

La única razón por la que paramos en ese lugar fue para tomarle fotos a los magueyes. Nos detuvimos en el estacionamiento (poco más que un terraplén al lado de la carretera) de una construcción que parecía mas una casa que una destilería y tenía enfrente un letrero: “Fabrica de mezcal”.   Mientras Rebe tomaba fotos del campo un hombre joven se asomó a la ventana y me hizo señas invitándome a acercarme.

Adentro el hombre joven hablaba con su padre junto a la montaña de magueyes que estaban a punto de moler.  Les pregunté si el mezcal era verdaderamente elaborado en la pequeña casa y orgullosamente me dijeron que si. Me mostraron el lugar en la parte trasera donde ponen los magueyes a cocer -en un hoyo como la barbacoa, cocidos únicamente  al vapor para que no se quemen,  lo  importante es hacer una cama con deshechos entre la madera que se quemará y los magueyes para evitar que se achicharren todos- y me dieron a probar ese maguey tierno recién cocido, de sabor dulce y textura carnosa, sorprendentemente cercano al acitrón (que bien visto, tampoco es sorprendente si uno recuerda  que el acitrón se hace de la biznaga).


Regresamos a la casa y me dijeron que el pozo de piedra en el que estaban amontonados los corazones de maguey recién cocidos era el lugar donde se muelen antes de fermentarlos  -la molienda se hace con una enorme piedra tirada por una yegua que va triturando los magueyes con cada vuelta-. Las primeras dos vueltas son las más difíciles y hay que ayudarle a la yegua, después ya agarra su paso y se sigue sola,  nomás hay que  ir jalando el maguey para molerlo de a pocos.

Junto al pozo de piedra estaban los barriles con una mezcla en pleno estado de fermentación –en época de calor  en un día se fermenta todo-. Una vez que la yegua ha terminado con su trabajo se toman los magueyes y se ponen en un barril, al barril se le agregan doscientos litros de agua caliente para empezar el proceso de fermentación y se deja reposar.  Al otro día se le agregan otros tantos litros de agua fría y luego ya en un día más esta listo el mezcal para destilarse.

Las enormes ollas para destilar, el horno de leña, el serpentín y la pila de agua estaban ahí mismo, participando como todos los demás implementos en la fábrica en la alquimia del mezcal. La culminación de todo el proceso -cuidar los magueyes en el campo por años hasta que están listos para ser cocidos, molidos, fermentados y destilados- caía remolonamente y era recogido gota a gota por un bidón de plástico.

Le pusimos Mal de amor y otras historias por eso, porque te saca y te arregla el mal de amor. El nombre nació en una fiesta acá en el pueblo, estábamos en la casa y empezamos a tomar mezcal. Entonces cada quien empezó a contar una historia, que si el engañado o a la que le rompieron el corazón, un amigo nos contó de todos los problemas que tenía con su papá y que se suelta a llorar. Y así, cada quien fue contando su historia y  se nos ocurrió que cada copita de mezcal te saca el mal de amor, y otras historias.

II

Esos dos collares son los únicos collares de mi hermano que tenemos en la tienda.  La cerámica no es de alta temperatura, pero apenas. El horno se queda como a 20 ó 30 grados de los hornos de alta temperatura.

Si, Vicente es mi papá, él hizo esos platos. Mi papá era alfarero de los que hacía mil platos al día, y los vendía a diez centavos la pieza. Pero luego llegó mi hermano que es artista plástico, y le dijo a mi papá que había que hacer cosas diferentes. Ahora mi papá hace trabajo de otro tipo, como los platos que ustedes vieron o aquellos floreros. Este año ha ganado tres primeros lugares nacionales en concursos de cerámica.

Le diré a mi hermano que les encantaron sus collares. Hay piezas de mi papá y mi hermano en el museo del palacio de gobierno.  Si hay algo que les interesa escriban un email y tal vez cuando mi hermano vaya al DF se los puede llevar.

III

Las gallinas bailando las hizo mi padre. Son de diseño suyo original, nadie más las hace. Hay piezas de mi padre y mías en el museo de San Bartolo Coyotepec. Esta del lado derecho de la carretera si van de regreso a la ciudad. Ahí pueden verlas. También hay en algunos museos de la Ciudad de México y en colecciones particulares.

Ganamos una beca para ir a Boston a mostrar cómo se hacen los alebrijes a unos niños y en unas librerías. Ya hemos ido varias veces. No tengo tarjeta, pero nuestros datos están en www.dancingchickens.com.  

No, es lo menos. Es una pieza única, nunca voy a volver a hacer una igual. Los cinco coyotes están tallados de una pieza de madera. El negro representa la noche y el azul el día, el café el fuego, el verde la tierra y el morado el espíritu. Esta pieza me tomó como una semana en tallar la madera y luego tres días en pintarla.  Es una pieza muy especial, y el que se la lleve se va a llevar algo que nadie más tiene.


sábado, diciembre 03, 2011

A la Sombra del Abuelo I


Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. 

J.L. Borges

Años después, a miles de kilómetros e infinitamente lejos –cualquier distancia imposible de cubrir resulta infinita- los cafetales de Cosautlán le recordarían a Jacobo aquellos campos  de cerezos  de su infancia.

Hijo de una familia de eternos migrantes –de Lisboa a Nantes, Rotterdam, Amsterdam y de vuelta a Portugal-   Jacobo intuía que solo se debe atesorar aquello que pudiese llevar consigo –y lo intuía no porque fuese una vaga idea, sino porque lo sentía con el cuerpo completo,  lo intuía en tanto que lo sabían también sus genes, los poros de su piel, su estómago y esa zona entre el corazón y los pulmones que se encarga de tomar decisiones en momentos importantes.  El recuerdo de los cerezos en primavera y la época de la vendimia en otoño serían pues lo único que acompañaría a Jacobo a lo largo de su vida.

Jacobo Meireies   no sería el primer ni último miembro de su familia en pasar por la vida con recuerdos e ideas como posesiones más preciadas. Su abuelo, Asher Mreien –Asher Meireies según los portugueses-, fue el primer miembro de su familia en volver  a pisar Portugal más de trescientos años después de la huida en 1526 que concluiría con la llegada a Amsterdam en 1627. Una vez en Amsterdam la familia del abuelo se dedicó a imprimir libros –pues la de los impresores era una de las pocas corporaciones abiertas a los judíos-  y una vez que el negocio y  la familia prosperaron, se dedicaron también a la distribución de libros de otras imprentas. Según Asher, la primera Torah encargada para la Esnoga de Amsterdam había sido impresa en los talleres familiares. 

Asher nunca le contó a Jacobo cómo o porqué había decidido dejar la estabilidad de Amsterdam por la aventura del Douro, pero Jacobo debe haber entendido lo suficiente como para tomar la misma decisión y cruzar el Atlántico en busca de fortuna.  La historia no es clara –al igual que su abuelo, Jacobo nunca le contó a sus nietos las razones por las que había dejado Portugal y mucho menos las circunstancias bajo las cuales había terminado plantando café en Cosautlán en vez de en Nueva York tallando diamantes o vendiendo telas- pero todo parece indicar que alrededor de 1875 Jacobo llegó al puerto de Veracruz con la intención de seguir su viaje hasta Nueva York. El misterio  es que Jacobo nunca tomó el siguiente barco –nunca pisaría Nueva York-  y en vez de esto se estableció en Cosautlán, donde eventualmente sería dueño de un pequeño plantío de café y un molino.

Hombre curioso y  de iniciativa, una vez que el negocio del café se estabilizó  se aburrió de administrar una empresa donde todos los movimientos se repiten, con variaciones infinitas pero ínfimas, año con año, estación con estación,  y en vez de hacer fortuna se dedicó a importar libros e inventarse proyectos. El recuerdo de los viñedos en la rivera del Douro de su infancia y una interpretación extravagante  del trabajo de Darwin –uno de sus primos le envió una copia de la primera edición de El origen de las especies en holandés, impreso por supuesto en los talleres de la casa Mreien-  lo inspiraron para intentar replicar las espectaculares terrazas sembradas de uvas y cerezos de Peso da Régua y hacerse su propio viñedo  en la sierra veracruzana a orillas del rio Pescados.

De esta manera, organizó desde su estudio en la casa de Cosautlán dos de los proyectos más ambiciosos que hubiese visto jamás el pueblo. La lógica de Jacobo era impecable: en Portugal los viñedos se encuentran en terrazas a orillas del rio, y de acuerdo a Darwin debería ser posible obtener una especie híbrida, descendiente de las uvas, que pudiese ser cultivada en el trópico y ser usada para hacer vino.

Así fue que Jacobo contrató a medio pueblo para cortar el cerro a la mitad y construir  terrazas a orillas del rio Pescados   -aún hoy los viejos del pueblo le cuentan a los niños historias del español que se volvió loco e intentó mover las montañas de lugar- y encargó varias docenas de variedades de uva para combinarlas con las especies locales y obtener uvas tropicales.     

Por supuesto ambos proyectos fueron un fracaso comercial, Jacobo nunca logró construir una terraza con área cultivable de más de unos cuantos metros cuadrados y sobra decir que jamás  logró obtener una especie de uva que pudiese crecer en las montañas del trópico.

Sin embargo,  hay que tener cuidado si uno busca juzgar estos proyectos de acuerdo a su rendimiento económico.  En el curso de su investigación Jacobo se hizo de la biblioteca de biología y geología  más grande del estado de Veracruz (y posiblemente del país en su campo), se convirtió en una autoridad mundial  en métodos de horticultura  y  mantuvo correspondencia con profesores de  Oxford ,  Coímbra y la Real y Pontificia Universidad de México.

Siguiendo el impulso que sentía en cada uno de sus genes, en los poros de su piel, en su estómago y en esa zona entre el corazón y los pulmones,  Jacobo invirtió todo el dinero que le rendían los cafetales y el molino  en letras e ideas,  el único equipaje con el que,  además del recuerdo de los cerezos en primavera y la época de la vendimia en otoño, Jacobo cargaría el resto de sus días.

jueves, septiembre 22, 2011

Trastornos del sueño


Con motivo de mi viaje al sur  -el sur geográfico y el sur del que escribe Galeano-  visité la clínica de medicina del viajero en el Instituto Nacional de Nutrición al sur –geográfico- de la ciudad. En la consulta el doctor me dijo que debía tomar antimalariales y me dio a elegir entre dos posibles medicamentos. El primero –Malarone- es un medicamento de última generación y no parece tener efectos secundarios más allá de una posible irritación del estómago, puesto que debe ser tomado diariamente desde una semana antes del inicio del viaje hasta cuatro semanas después del regreso.

El segundo medicamento  -Lariam-  se toma durante el mismo periodo pero solamente una vez por semana. Es menos agresivo con el estómago (en virtud de que se toma de manera mucho menos frecuente) pero en algunos casos produce trastornos del sueño y alucinaciones,  éstas últimas solo en casos extraordinarios y después de una toma prolongada –es la medicina que toman los soldados estadounidenses en Afganistán, y hay incluso reportes de brotes psicóticos en soldados que han tomado la medicina por plazos mayores a un año .

De manera práctica y un tanto arriesgada -no hay que olvidar que soy miembro del club de los insomnes- decidí tomar Lariam, por aquello de que sólo se toma una vez a la semana y que flojera tener que tomarla diario mientras uno está de viaje.

Ahora creo que debí  haberme esforzado un poco y elegir la pastilla de toma diaria. Los trastornos del sueño empezaron paulatinamente.  Al principio el único síntoma consistía de un sueño muy ligero la noche en que me tomaba la pastilla. Después de un par de semanas este efecto pasó, dando lugar a un fenómeno aún más extraño en mí, y es que  a la mañana siguiente a la toma de la pastilla podía recordar lo soñado la noche anterior (para mi es tan extraño recordar lo soñado que inmediatamente me di cuenta del fenómeno).

Si los efectos secundarios del Lariam hubieran acabado aquí me hubiera causado incluso gracia, no está de más recordar lo que uno soñó de vez en cuando –con un poco de suerte puede uno auto psicoanalizarse y se ahorra la terapia.  Sin embargo,  ninguna de las advertencias del doctor me permitió prever los efectos de la medicina y que el trastorno del sueño del que me advirtió podría referirse a los sueños entendidos como los deseos o  metas, objetivos, caprichos, planes y esperanzas.

Me explico. Aun en los días inmediatos anteriores a mi viaje y a la toma de la medicina,  tenía muy claro lo que esperaba de esta vida. Una casa con jardín y un par de perros llamados Lola y Maxwell, correr un maratón, visitar los viñedos del valle de Guadalupe y encontrar un buen restaurant de comida india en México, volver de alguna manera, en algún momento, a la UNAM y escribir un poco más,  vivir junto a un rio, caminar bajo la lluvia, llevarte a tomar fotos del otro lado del mundo y dejar de extrañarte.


Inicié el viaje hace apenas un mes, pero a veces me parece una época infinitamente lejana. Ahora mis ambiciones, mis deseos,  mis sueños, no alcanzan más allá de cambiarle al canal de la televisión o conectarme al internet. Nada, no me imagino hacer planes y pensar en el futuro,  la voluntad apenas si me alcanza para esperar a que se acabe el siguiente segmento de comerciales.  La nitidez que la medicina le dio a mis sueños por la noche fue tomada de los sueños construidos en las horas de vigilia. Nunca me imaginé que el doctor me estuviese advirtiendo sobre estos trastornos, o mejor dicho, sobre trastornos en este tipo de sueños,  pero bien pensado un brote de psicosis es el estado último de trastorno de los sueños  entendidos como deseos o esperanzas.


Afortunadamente el  efecto de la medicina se atenúa  con el tiempo y éste lunes alcancé a levantarme temprano, ponerme traje y corbata, y llegar a la oficina a hacer cálculos, contestar correos que no podían esperar y hacer un poco de ejercicio por la noche. Sin embargo, con cada toma los trastornos del sueño han sido más pronunciados, el efecto más duradero  y  mañana debo tomarme la última pastilla.

miércoles, agosto 10, 2011

Hasta el fin de los dias

Hasta el fin de los dias muestra un mundo en el que un extraño puede convertirse de repente en el ser amado. Your kingdom come shows a world in which every perfect stranger can suddenly turn into a loved one.

Yo pasaba entonces una mas de mis periódicas etapas- de tristeza en los ojos y un aire de soledad las denominé entonces, no encuentro mejor forma para describir este estado que me aqueja con relativa frecuencia que el inglés feeling blue, pues no se trata de una tristeza convencional, sino de un periodo de calma reflexiva, profunda introspección y solamente un dejo de tristeza en el sentido latino de la palabra. Ese animo que encuentra su mejor compañía en un clima nublado y lluvioso, sentado a la orilla de un río o en la mesa de un café simplemente dejando al tiempo pasar.

Mientras el resto de la ciudad celebraba -en el sentido mas amplio de la palabra, con conciertos al aire libre, exposiciones de pintura junto a los canales y fiesta por las noches- el festival de primavera, yo intentaba sortear los días de clase en clase y llegar a la noche entre teoremas o sentando en un café acompañado del libro en turno.

Alguna tarde de lluvia y nubes decidí salir a caminar un poco por la ciudad, el clima perfecto para mi estado de animo, misery loves company. Sentado en la plaza escuchaba a lo lejos el concierto aquella tarde mientras veia la lluvia caer -con este poder hipnótico que el agua en movimiento tiene sobre mí y no logro entender del todo, el agua en movimiento, río o lluvia y su ruido y su sombra y sus olores y el olor a tierra mojada después de la lluvia que no existía entonces en Utrecht y probablemente no exista ahora, aunque estos días me baste abrir la ventana para oler la lluvia en la tierra, y pienso en el agua caer y mi espíritu sonríe un poco- y aquel día caminè mas lento para sentir la lluvia en mi cabeza y verla en los canales y la gente con paraguas cuando en realidad no hay nada como caminar bajo la lluvia para estar un poco menos triste y un poco más tranquilo.

Se acercó entonces un muchacho -chaleco verde y credencial de organizador del evento colgada del cuello- y me hizo una pregunta en holandés a la que muy a mi pesar no pude contestar mas que en inglés con un muy poco original "lo siento pero no hablo holandés". El organizador dijo que no importaba -como todos los holandeses hablaba ingles perfectamente- y me pregunto entonces si estaba interesado en participar en una obra de teatro. No tenía que preocuparme por el parlamento o por saber actuar, bastaba con estar en una de las esquinas de la plaza media hora más tarde y dedicarle otros treinta minutos a la función. Como no tenia ningún compromiso social, o un grupo de amigos al cual dejar abandonado, acepte con mucha mas curiosidad que ganas e impacientemente espere los treinta minutos necesarios antes de darle la vuelta al escenario, ir a la otra esquina de la plaza y esperar junto a la cabina gris que se me había señalado.

A la hora indicada regresó el organizador -mismo chaleco verde e identificación colgada del pecho- y me dijo que por favor me sentara en los escalones que llevaban a una puerta en la cabina, me pidió que me quitara los zapatos y calcetines y que entrara en el teatro cabina sin darme más indicaciones sobre lo que debía hacer en esta obra que me había comprometido a participar y estaba por comenzar.

En la cabina había una silla y una hielera, un ventilador y al fondo un espejo, el muchacho del chaleco verde cerró la puerta y quedé completamente a obscuras por un momento. Se encendieron entonces otras luces y con ellas entendí, al menos en parte, de que se trataba esta extraña obra de teatro en la que estaba a punto de participar. A la mitad de la cabina -que resultó ser una caja de trailer acondicionada para el espectáculo- se encontraba un vidrio que hacia también las veces de espejo dependiendo de la luz, y del otro lado del vidrio había un espacio acondicionado de manera similar al mio, una silla, ventilador y una tetera con un par de cajas de té. Además de estos accesorios del otro lado del vidrio había, por supuesto, una chica joven, tal vez un par de años mas grande que yo, de pelo castaño y ojos verdes.

Escuché entonces la voz de la chica (aunque no era ella, pues sus labios no se movían), que me contaba cosas sin un orden aparente y un tanto íntimas, el tipo de cosas que se cuentan en una primera o segunda cita. Que no le gustan sus pies y que tiene manos muy sensibles, que su cabello era un desastre pero que era suave y le gustaba la forma en que caía en sus hombros en las mañanas de primavera. Nunca supe exactamente que es lo que yo le decía, pero de vez en cuando ella me dedicaba una sonrisa. Me dijo también, como si pudiera leer mis pensamientos, lo mucho que extrañaba tener contacto humano, un simple abrazo o caricia; me sorprendió un poco cuando me confesó cuanto le molestaba que en un autobús, cuando alguien por casualidad llegaba a tocarla, en vez de hablarle, el individuo en cuestión se disculpara, rompiendo su ilusión de haber encontrado alguien que la pensara lo suficientemente interesante como para acercársele.

Ella se hizo un té -frutas del bosque si esta cansada de mi, manzanilla si aun le causo algo de curiosidad- manzanilla afortunadamente, y yo le confesé que me parecía linda con un jugo de naranja. Se atrevió a preguntarme qué pasaría si ese cuarto fuera todo lo que quedaba del mundo, ¿podría yo,que la había visto por primera vez esa tarde, aprender a amar sus ojos?, habló de un mundo perfecto donde un extraño puede convertirse de repente en el ser amado. Nos tomamos de la mano a través del cristal justo en el momento en que nos quedamos a obscuras. Me dijo entonces en palabras que aún suenan en mis oídos:

You come home late at night, you put off the alarm and just before you go to sleep, you leave the front door ajar for the burglar whom silently comes to steal your heart. Today that’s me....

Se abre entonces la puerta de la cabina, el cristal es de nuevo un espejo y a los pies de la escalera encuentro no mis zapatos sino un par de pequeñas zapatillas rojas. Veo entonces que se acerca mi compañera de función con mis zapatos y, seguro de que era inglesa -su acento la delató después de todo- le pregunto cual es su nombre. Ella me dedico una mirada de tristeza (que yo entendería poco despues) y me preguntó si no había escuchado la cinta en holandés. Entendíentonces que mientras yo había escuchado a una chica inglesa, de su lado de la cabina la voz había sido la de un muchacho holandés. Este detalle final -sabíamos que la voz que habíamos escuchado no era del otro, y eso no era problema, pero enterarnos de que no había posibilidad de que la voz no fuera la del otro o la propia rompió un poco el encanto- me trajo de vuelta al festival de primavera, el concierto y la lluvia y se encargo de cerrar ese mundo donde solo existen la cabina de trailer y un par de ojos verdes.

Regresando a mi habitación me dediqué a escribir una crónica del episodio buscando conservar todos aquellos detalles que en el momento son mágicos y con el tiempo se olvidan. De ésta crónica surgió la entrada kingdom come y una inquietud por encontrar un poco más de este teatro tan poco convencional que por treinta minutos me regalo unos ojos verdes.

Hace un par de dias encontré la pagina web de Dries Verhoeben, director de aquella puesta en escena, y en ésta un video donde se muestra parte de esta obra que ahora recuerdo. Recién me entero de que en la obra David habla por mi (lo cual puede simplemente referirse a que el David en inglés es distinto al David en español, un hecho bien conocido, y aunque en ambos casos la voz es modulada por la misma boca y expulsada por los mismos pulmones, son personas diferentes las que hablan), que al tomar jugo de naranja le confesé a los ojos verdes que a pesar de mi timidez la encontraba atractiva -I'm almost too shy to say it, but if I think you're beautiful I'll take orange juice- y recordé las atrevidas confesiones con las que me cautivó - if it's been too long I get what I call phantom pain, the insides of my arms start to itch- además de darme cuenta de que yo le había dicho lo propio -I call out for someone to help me get rid of the itch, someone who will fill the void-.

Ahora levanto la vista de esta pantalla y me doy cuenta de que el cristal de la ventana también funciona como espejo dependiendo de la luz, y que tu estas de aquel lado y yo escucho tu voz todo el tiempo aunque no seas tu la que habla. Estoy pensando en dejar algún día mis zapatos afuera, y esperar a que vengas a entregarmelos.